domingo 12 de julio de 2009

Apuntes sobre la creatividad; Música

Antes de sentarme a escribir, me gusta tener preparada la música que voy a estar escuchando. Sin eso y sin una taza de té caliente no puedo comenzar. La música es algo que muchos escritores no podemos dejar a un lado mientras realizamos nuestra labor.

Nunca antes he hablado en este espacio sobre la música que me gusta. De hecho, mis lectores no tienen la idea más alejada de cuales son mis gustos musicales. Pero ahora, como estoy hablando de las cosas que hago para despertar la creatividad voy a hacer una excepción.

Me gusta la música no tan comercial. Me gusta así porque no puedo escuchar música de la cual ya estoy harto. Generalmente pongo las canciones y las dejo que se repitan una y otra vez, en ocasiones durante horas, hasta que ellas también llegan a cansarme. Pongo la música y me dejo llevar por el mood.

Cierro los ojos, pienso en el capitulo que voy a escribir, en las frases correctas, precisas, y dejo que la música defina los últimos detalles.

¿Qué escucho ahora?

BEIRUT - In the Mausoleum from The Flying Club Cup

Esta banda ha sido todo un descubrimiento para mí. Tienen un toque mexicano (a pesar de que ellos no son mexicanos, pero reconocen la influencia de los sonidos) que me resulta embrujante. Todo lo que hacen me gusta. Escuchen.



Nouvelle Vague - In a Manner of Speaking

Originalmente una amiga me hizo llegar el disco. Yo jamás los había escuchado, pero desde el primer acorde me enamoré de ellos.



Kutiman-Thru-you - 03 - I'm New

Este hombre me resulta un verdadero genio. Es israelí, y hace música mezclando segmentos de videos que se encuentra en Youtube. La música que resulta al final nunca, jamás antes se ha tocado. De hecho si miras los videos que la componen por separado no tienen nada que ver con el producto final de Kutiman. Se ve que son horas y horas de edición. Un trabajo sorprendente. Soy fan.



Moby - Pale Horses


El nuevo disco de Moby es maravilloso. Hecho en la intimidad de su departamento en NY, con la ayuda de sus amigos y puesto a la venta bajo su propio sello discográfico, es un disco que él mismo ha definido como "un disco que me gustaría escuchar en una tarde de lluvia". Aplausos.



Me gustan muchos más grupos, mucha más música. No puedo escribir si no estoy escuchando algo que despierte mi creatividad, que me haga soñar. Pero por ahora ya estuvo bien de hablar de mí. Para eso ya tendremos otras ocasiones.

Mejor platícame de ti. ¿Qué música escuchas para inspirarte?

miércoles 8 de julio de 2009

Apuntes sobre la creatividad

Una pregunta recurrente: ¿De dónde sacan las ideas los escritores?

Una respuesta recurrente: De todas partes. De estar atentos.

A mí me gusta cargar con una libreta y anotar lo que voy descubriendo en el día a día. Me gusta anotar sensaciones y sentimientos. Me gusta anotar esas ideas que, cuando no las anotas, sabes que las vas a extrañar porque "eran muy buenas ideas".

Consejo número 1: Siempre ten a la mano algo para anotar tus ideas.

Consejo número 2: Observa, escucha, siente. A tu alrededor hay un mar de ideas.

A continuación he puesto algunas de las hojas de mi cuaderno azul. Si quieres verlas en grande, sólo da click sobre ellas. Espero te sirvan.






Consejo número 3: Vive. Vive mucho. Vive de todo. Así tendrás mucho sobre lo cual escribir.

martes 7 de julio de 2009

PEQUEÑA CAJA DE PLÁSTICO

La pareja se detiene a un lado del camino para descansar. Llevan horas caminando con los zapatos llenos de lodo y la frente sudorosa. La mujer fue la primera en detenerse. En su mano derecha lleva una caja de plástico y en la otra un abanico. El hombre se peina el bigote con los dedos y luego se quita el sombrero y lanza un suspiro.

-¿Dónde estamos, cariño?- dice ella-.

-No tengo idea, Marian- contesta él-. Pero no desesperes, pronto llegaremos a alguna parte.

-Sabes que lo único que me preocupa es que los hielos no se derritan- dice, dando unas palmadas suaves a la caja de plástico-.

La pareja había comenzado el viaje en un automóvil negro, de esos grandes y lujosos, alquilado especialmente para recorrer el país. El automóvil era manejado por un chofer con gorra y uniforme. No hablaba mucho, sólo miraba de vez en cuando por el espejo retrovisor y sonreía al mirar a la mujer abanicarse el escote. El chofer era un hombre de la costa, de piel oscura y labios gruesos. Nunca le preguntaron su nombre.

Adentro del automóvil hacía más calor que afuera, pero no podían bajar las ventanas porque de inmediato el interior se llenaba de moscos y de ese olor a plátano que tanto molestaba a Marian. El hombre se secaba el sudor del cuello con un pañuelo. El único que parecía no estar afectado por la temperatura era el chofer del automóvil.

-¿Era necesario que viniéramos nosotros?- dijo Marian en algún momento del viaje-.

-Ya sabes lo que siempre he dicho- contestó él-; si quieres que algo se haga bien, tienes que hacerlo con tus propias manos.

El viaje había durado más de un día. Sólo se habían detenido para comer en lugares que no le parecieran tan desagradables a Marian. La primera vez comieron en el centro de un pueblo enclavado entre dos montañas, en el restaurante del único hotel. Comieron lo único que les pareció comestible; una sopa y un trozo de carne dura que no se pudieron terminar. Bebieron Coca Cola. La segunda vez, ya cercana la noche, comieron en la casa de un pariente del chofer. Comieron frijoles, queso y un trozo de pan. Durmieron en el automóvil.

Esta era la primera vez que Marian dejaba su ciudad para realizar un viaje. No le gustaba volar, mucho menos los caminos sin pavimento. Tampoco le gustaba que la ropa se le pegara al cuerpo, mojada en sudor. Nunca en su vida Marian había visto tantos árboles y a tanta gente utilizando ropa vieja, y nunca había pasado tanto tiempo junto a su marido.

Esa primera noche Marian soñó con su hijo, quien se había quedado en casa al cuidado de la nana. Quiso abrazarlo, pero por alguna razón no pudo. Quiso decirle que todo iba a estar bien, pero cuando lo iba a hacer la despertó un brinco del auto.

-El lugar al que vamos está detrás de ese cerro- dijo el hombre sin voltear a verla-.

El automóvil se detuvo frente a una casa con paredes de lodo y ventanas de color azul. La pareja descendió del auto estirando los brazos y las piernas; él sacudiéndose la camisa, Marina levantándose un poco la falda. A los dos les dolía la espalda y les zumbaban los oídos. Tenían los pies hinchados de tanto estar sentados. Las ramas y las hojas secas tronaban bajo sus pies. El chofer no se bajó del automóvil.

En la casa los esperaba una mujer gorda vestida con pantalón corto y una camiseta a través de la cual se podía ver el color negro de su sostén. Fumaba de manera despreocupada, mirando a la pareja sin levantarse de su mecedora. A un lado, sobre una pequeña mesa de madera, se escuchaba la música salir desde un viejo radio de pilas. En el suelo un montón de colillas retorcidas.

-Usted debe ser...- dijo el hombre estirando la mano-.

-Momento- dijo ella-, no necesitamos saber nada de nosotros. Es mejor. Yo sé lo que le digo. Hablemos dentro.

La mujer se puso de pie con dificultad, apoyando las manos en el descansa brazos de la mecedora. Masculló unas cuantas maldiciones, luego tosió con fuerza varias veces. Cuando recuperó el aire se puso en rumbo de la puerta. A la mujer se le frotaban los muslos al caminar y el pantalón se le metía entre las nalgas. Marian, al mirar eso, frunció la nariz y giró la cabeza hacia otro lado.

La pequeña casa escondida en medio de la selva estaba llena de libros. Filosofía, literatura, matemáticas, esoterismo. Para donde fuera que se mirara había libros de todos los temas. La casa olía a hojas húmedas y tabaco. No había televisión.

-¿Los ha leído todos?- preguntó Marian-.

-Esos y otros más que tengo en el cobertizo- contestó la mujer sin darle importancia-. Pero no han venido a preguntarme sobre eso ¿cierto?

Marian sacudió la cabeza, negando. Nunca se le hubiera ocurrido que una mujer como esa, viviendo a la mitad de ninguna parte, pudiera disfrutar de la lectura. Pensó que la mujer y ella, al menos en eso, se parecían. Siguió mirando el nombre de los libros, en silencio, y por unos segundos se olvidó de lo mal que se sentía por haber aceptado venir en este viaje.

-¿Quieren tomar algo?- preguntó la mujer caminando hacia la cocina-.

-Yo quiero un vaso con agua- dijo Marian-.

-No le recomiendo el agua de estos rumbos, señora- dijo la mujer-. Pero tengo cerveza.

-Una cerveza está bien- contestó de inmediato el marido, dejando a Marian sin otra opción que también aceptar-.

-Hace algún tiempo- comenzó a decir la mujer sin sacar la cabeza del refrigerador- pasó por aquí un escritor de esos que han ganado el premio Nobel. Se bajó del auto vestido con su traje negro impecable y su sombrero ¿pueden creerlo? ¡con éste clima!. Sus lentes así, como de éste tamaño. Lo reconocí de inmediato. Se bajó a preguntar por el camino a la ciudad. La verdad es que no sé qué andaba haciendo tan lejos. Luego me pidió un poco de agua y le ofrecí una cerveza. Por eso me acabo de acordar. Por ahí tengo uno de sus libros con dedicatoria... y una foto, pero esa no sé en dónde la puse.

La mujer le dio una cerveza a Marian y otra al hombre. Luego sacudió la cajetilla de cigarros hasta sacar uno, lo puso entre sus labios y lo encendió. Le dio un trago a su cerveza acercándose al librero.

-Este –dijo ella dándole el libro a Marian-. Aquí. Si quiere puede quedárselo. Ya no lo voy a necesitar.

Normalmente Marian no hubiera aceptado nada de ella ni de nadie que se le pareciera. Pero como el libro estaba escrito por uno de sus autores favoritos, y ya que todo le parecía muy extraño, hizo una excepción. Marian le dio las gracias. En la dedicatoria no aparecía el nombre de la mujer, sólo unas líneas que decían “Para el lugar en donde he tomado la mejor cerveza del mundo”.

El hombre se quitó el sombrero y lo puso a un lado, sentándose en el sillón. En la mano traía un sobre que Marian no había visto antes.

-La verdad es que no queremos quitarle más tiempo -dijo él- Tenemos un poco de prisa. Aquí está nuestra parte del trato –extendió la mano-.

La mujer tomó el sobre, abriéndolo para mirar el interior.

-¿Trae sus instrumentos?- dijo ella levantando el rostro-.

-En el auto- contestó él-.

Dentro del auto, el chofer dormía con la gorra sobre la cara. El hombre le tocó la ventana, despertándolo de un brinco. El chofer salió planchándose el uniforme con una mano, caminando rápido hacia la cajuela, buscando la llave correcta. Marian los observaba desde la puerta, de reojo, mientras pasaba las hojas del libro que le acababan de obsequiar. El viento apenas y soplaba. El canto de los pájaros se escuchaba lejos. El calor era cada vez mayor.

El hombre sacó de la cajuela una maleta grande de cuero y una hielera. Luego caminó de vuelta sobre las hojas secas hasta entrar a la casa. La camisa mojada con sudor. Resoplaba. Entró sin mirar a Marian. Adentro, la mujer obesa lo esperaba junto a la puerta que daba a la única habitación.

-¿Va a necesitar ayuda?- preguntó la mujer-.

-Pierda cuidado- dijo él-, para eso viene mi esposa.

El cuarto tenía una cama de latón, una mesa y una silla de madera. Las paredes de color verde y un olor espeso, como de aire que no ha podido circular desde hace mucho tiempo. Sobre la cama, una niña dormida.

El hombre se acercó a la mesa y abrió la maleta de cuero, sacó unos guantes de plástico y se los colocó. Le dio otros a Marian. Ambos se colocaron también un cubre bocas de tela. El hombre sacó del maletín varios instrumentos quirúrgicos y luego se dirigió a la mujer obesa.

-Sólo nos tomará unos minutos- dijo-. ¿Podría llenar esto con hielos?- le estiró la mano con la pequeña caja de plástico-.

La mujer asintió con la cabeza y el hombre cerró la puerta de la habitación lentamente, dándose la vuelta, mientras Marian le tomaba el pulso a la niña.

viernes 26 de junio de 2009

Cuéntame sobre un momento

Cuéntame sobre un momento en que te sentiste verdaderamente libre. No sé si era la pregunta número veinte o la veintiuno del cuestionario, lo único que sé es que es la única pregunta que aún recuerdo. Cuéntame sobre un momento en que te sentiste verdaderamente libre. Volví a leerla, me eché para atrás sobre el respaldo de la silla, puse el lápiz en mi boca, cerré los ojos y suspiré.

Ella era la descripción de mi chica perfecta: Minifalda sin ropa interior, camiseta blanca sin sostén, morena, bebiendo Whisky a solas en un bar. Ni siquiera hice el intento de acercarme a ella. Sólo fue cuestión de esperar.

Recuerdo su departamento, pero no recuerdo cómo llegar a él. Tal vez algún día lo recuerde, aunque no es algo que me interese hacer. Recuerdo el color de su auto y la manera en que lo conducía por las calles de la ciudad. Creo que ella no había bebido tanto. Yo sacaba mi cabeza por la ventana para sentir el viento de la noche, ella sujetaba el volante con ambas manos, con la vista siempre al frente. No sé si hablamos de algo. No sé cuánto tardamos en llegar. Sólo recuerdo sus nalgas mientras ella subía las escaleras por delante de mí.

Hicimos el amor sobre la alfombra, en el baño, en la cocina, en la terraza, en su habitación, en el patio, en la sala, en el pasillo. Lo hicimos también en las escaleras. Recuerdo su boca sabor a menta, sus manos pequeñas y frías acariciándome la espalda. Recuerdo la manera que ella tenía de decirme al oído “házmelo otra vez”. Fueron dieciséis horas. No las conté, es cierto, pero recuerdo bien la hora en que llegamos y la hora en que me fui. Dieciséis horas. No dormimos, apenas comimos una pizza sentados a la orilla de la cama. Nos hicimos de todo y de todas las formas que podíamos imaginar. Nunca descansamos.

Después de eso no la volví a ver. Nunca la busqué ni ella tampoco lo hizo. Nos convertimos en un recuerdo. Así lo quisimos. Ella se convirtió en mi mejor recuerdo. Yo espero haberme convertido en eso también. Aunque he de reconocer que a veces la extraño.

Leí de nuevo la pregunta: Cuéntame sobre un momento en que te sentiste verdaderamente libre. Sostuve el lápiz en mi mano, me toqué la corbata, acomodé los lentes sobre mi nariz y me di cuenta que ese trabajo no era lo que yo en verdad buscaba. Me puse de pie y sobre la mesa dejé el cuestionario sin terminar.

viernes 17 de abril de 2009

Historias en la palma de mi mano


Autorretrato #2